Filipinas – Dos maletas y cuatro aletas http://dosmaletasycuatroaletas.com ¿Viajando para bucear o buceando para viajar? Thu, 23 Feb 2017 15:36:54 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.8.2 Despedida de Busuanga http://dosmaletasycuatroaletas.com/despedida-de-busuanga/ Thu, 01 Dec 2016 04:17:02 +0000 http://dosmaletasycuatroaletas.com/?p=2045 Como los niños que juegan a ser médicos, bomberos o policías, nosotros nos hemos permitido durante unas semanas jugar a que somos Divemasters en Filipinas. Y es un juego que nos ha divertido tanto como nos ha enseñado. Nos muestra que hay ciertas personas que frente a la disyuntiva entre tener dinero y comodidades o tener una vida interesante donde cada día es una aventura, y dónde cada pocos meses puedes vivir en un país diferente, eligen la segunda.

Mientras abandonamos la que ha sido nuestra casa durante casi un mes en un jeepney abarrotado, cientos de recuerdos se agolpan en nuestra cabeza; anécdotas y aventuras diarias que estarán por siempre ligadas a nuestra vida en Busuanga. No somos capaces de procesar lo mágico de este momento, pero me doy cuenta de que lo es porque Sonia sonríe de oreja a oreja mientras se le escapa alguna lágrima. Pocas emociones son capaces de dibujar en la cara a la vez dos expresiones tan contrarias.

La resaca por la fiesta de esta última noche y la falta de sueño tampoco ayudan a ordenar nuestros pensamientos. De todas las pruebas obligatorias a superar en nuestro curso reservaban una de las más complicadas para el final: el snorkel test. Básicamente este último examen se basa en beberte una botella entera de ron rebajado con tang de limón, también llamado jungle juice, por el tubo de snorkel. La dificultad estriba en que con las gafas impidiendo la respiración y la boca totalmente llena del líquido que baja desde el embudo de la parte superior del tubo, las únicas dos opciones son beber o morir asfixiado. Por supuesto nuestro exigente entrenamiento nos permitió superar la prueba con éxito.

Aunque bastante etílica, nuestra despedida de los instructores, de la isla, de los maravillosos pecios y de las encantadoras gentes de Busuanga fue el colofón ideal con el que decir adiós a esta experiencia intentando sobrellevar la alegría, la tristeza, la nostalgia y la resaca que se mezclan en nuestras cabezas por partes iguales. Entre tanto, empezamos también a pensar en nuestro próximo y último destino en este viaje: Hong Kong.

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Divemaster en Busuanga http://dosmaletasycuatroaletas.com/divemaster-en-busuanga/ Tue, 22 Nov 2016 03:37:15 +0000 http://dosmaletasycuatroaletas.com/?p=2036 En nuestra búsqueda de playas maravillosas y lugares preciosos a veces pensamos en las 4 palabras que nos instó a recordar un instructor de buceo en Port Barton: paradise does not exist. Bueno, yo sí creo que el paraíso existe pero vale bastante dinero entrar, y sobretodo quedarte una buena temporada.

En Busuanga los días pasan de manera plácida. El mar es calmado como un inmenso lago salpicado de islas e islotes, y las colinas de múltiples tonalidades de verdes, los caballos y los bueyes pastando te hacen pensar que estás entre montañas de Suiza o Irlanda. Ni siquiera en los ocasionales días de lluvia y viento necesitas nada más que una camiseta, un bañador y unas chanclas. Solo el ruido de los gueckos y los animales nocturnos rompen el silencio de las noches, pues hasta el mar parece mudo si no es por las pequeñas olas creadas por alguna barca en la bahía.

«Un alemán, un australiano y un filipino» podría ser el principio de un buen chiste, pero son nuestros vecinos residentes en esta zona de la bahía de D’pearl a la que llamamos entre nosotros «la isla», no porque sea una isla separada de Busuanga, sino porque solo se puede salir de aquí con una barca o un kayak. Entre todos formamos una pequeña comunidad donde compartimos cocina y baño, entendiendo por cocina una especie de barra de bar al aire libre y por baño un cuartucho con un váter que la mitad de los días no funciona. Nuestra cabaña, aunque básica, nos ofrece un cobijo donde pasar las noches al más puro estilo filipino. Bueno, a quien pretendo engañar… nuestra cabaña es más básica que el salpicadero de un seat panda, pero es gratis. Construida con madera y cañas entre el manglar, cuando hay marea alta podemos ver el agua del mar a través de las rendijas del suelo. Una cama con tablas, una estantería y una hamaca en el porche completan el escueto mobiliario, en un estilo que podríamos denominar austero-vintage, si ampliamos el término vintage a «mierdas que están a punto de caerse a cachos por las putas termitas».

Fue muy difícil decidirse por el sitio donde hacer nuestro divemaster. En nuestro «excel de decisiones» Corón y los pecios de Busuanga salía siempre en primeras posiciones, pero siempre acabábamos haciéndonos trampas y bajándole la puntuación, porque no nos apetecía pasar una larga temporada en el pueblo de Corón. Entre las opciones que estuvimos a puntito de escoger en algún momento de nuestro viaje se encontraban Moalboal, Panglao, Malapascua y Sipadán.  La decisión final se tomó en cuestión de horas al respondernos un correo un centro de Busuanga que no estaba en Corón, sino en una bahía muy cercana a los barcos hundidos. Que fuera un centro TDI, con oferta de buceo técnico, con inmersiones ilimitadas, alojamiento gratis y más barato que otras ofertas nos acabó por decidir. El dueño del centro es una especie de leyenda en Filipinas; presidente de TDI Filipinas, fue el primero en descubrir y bucear en los pecios allá por los años 80.

Durante nuestros días por aquí nuestro tiempo se reparte entre nuestra formación, bucear, comer y tomar cervezas y ron filipino en el resort cercano mientras vemos la puesta de sol desde la piscina. Sonia ha pasado de la fobia a los insectos a convivir con lagartos y arañas de un palmo en poco más de dos semanas. De no atreverse a hablar en inglés a hacer briefings a los clientes antes de cada inmersión. A eso se le llama ampliar tu zona de confort…

Los primeros días han sido los más intensos: sesiones de piscina, prácticas de habilidades, escenarios de rescate, aprender a dar buenos briefings y aprender a guiar por los pecios.  Nuestro instructor, un joven alemán, no nos lo ha puesto fácil y eso siempre motiva, y cada día ha supuesto un pequeño reto.

En contra de la imagen popular de isla tropical donde las frutas más variadas crecen por todos lados, por aquí casi todo lo que se come se importa desde Manila, por lo que ni hay variedad ni es barata. En el pueblo cercano de Concepción los días buenos, y si hay suerte, encuentras huevos, pan de molde y algún mango. Casi todo lo demás son productos envasados y grandes surtidos de galletitas, chocolatinas, patatas fritas y porquerías varias. Para algo más de surtido hay que desplazarse hasta Corón, a una hora de distancia en moto. El trayecto por carretera cargados con bolsas de la compra es sin duda una auténtica experiencia filipina. Al no haber señales en toda la carretera he adquirido un método personal para saber cuánto tiempo de viaje queda. Cuando te empieza a doler el culo es que estás a medio camino, y cuando ya no aguantas tus posaderas es que estás llegando.

Las mañanas empiezan temprano, sobre las 6, cuando el griterío de los gallos es incesante. Si esa noche los perros, mosquitos y guekos nos han dejado dormir nos levantamos descansados y de buen humor. Con suerte el baño no estará embozado, tendremos luz y agua, y gas para hacernos el desayuno. Una barca nos lleva al centro de buceo donde preparamos todo lo necesario para ese día y recibimos a los clientes. Y es cuando nos enfundamos nuestro neopreno y saltamos al agua que todo cobra sentido y  se nos olvidan todas las pequeñas incomodidades del día. Cada barco es un mundo y en cada inmersión descubrimos algo nuevo. Una bodega que guarda un tractor y un bulldozer en su interior, una sala de máquinas, un zapato perdido en una habitación, o un pasillo estrecho por donde no habíamos pasado antes. Y siempre acabamos en la parte superior del barco donde decenas de corales y vida marina han fijado su residencia. No nos mal interpretéis, no decimos que Corón tenga mejor buceo que Sipadán, Panglao o Moalboal, pero para nosotros es sin duda único, y tiene las dosis justas de adrenalina y dificultad que queríamos para formarnos.

Una visibilidad de 6 o 7 metros es suficiente para disfrutar aquí de un buen día de buceo. A la vez te obliga a planificar bien la inmersión y el punto de ascenso, si no quieres acabar a tomar por culo de tu barco debido a la fuerte corriente, como nos pasó una vez, en la que si no nos llega a recoger otra barca todavía estaríamos nadando contracorriente.

La dificultad de los puntos y las penetraciones en los barcos te obligan a ser muy observador con los clientes, y a evaluar su experiencia lo más ajustado a la realidad posible. Por muy avanzados que sean o por muchas tarjetitas que tengan, hasta que no les ves con su equipo y dentro del agua no sabes como reaccionarán dentro, si se sentirán confiados a entrar o si la liarán parda con las aletas levantando una nube de sedimento o cargándose el coral.

Los trayectos en la banka de buceo nos permiten entablar conversaciones con gente de todo el mundo. Como en una suscripción de lectores por correspondencia, cada cliente que llega es como un libro que nos muestra un par de páginas de sus vidas en su corta estancia en esta isla. Y luego por las tardes, compartimos con ellos cervezas, cenas e historias en el resort de Al faro, frente a esas espectaculares puestas de sol. Alemanes, rusos, americanos, ingleses, australianos y demás, nos explican sus profesiones, vidas, experiencias y viajes por todo el mundo, con la confianza que dan unas copas de más y el saber que seguramente jamás nos volveremos a ver.

Busuanga nos ha abierto sus brazos desde el primer momento y los residentes de esta bahía nos han acogido con la familiaridad del que te conoce de toda la vida. Una fiesta de cumpleaños con un exquisito lechón, un día de excursión en el catamarán de unos nuevos amigos españoles que viven en su barco, una tarde tomando cervezas y queso con el dueño de un restaurante, y otras tantas ocasiones, nos han hecho sentir como verdaderos vecinos de esta pequeña pero variada y multicultural zona del mundo.

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Adiós Filipinas http://dosmaletasycuatroaletas.com/adios-filipinas/ http://dosmaletasycuatroaletas.com/adios-filipinas/#comments Mon, 17 Oct 2016 12:18:12 +0000 http://dosmaletasycuatroaletas.com/?p=1981 El curioso negocio de buceo en Filipinas adquiere la mayoría de sus ingresos de meter a grupos de chinos bajo el agua, y no solo conseguir que no se maten, sino además que se lo pasen de puta madre.

Nuestra decisión de cursar un internado de Divemaster por estas tierras, pasaba más por el hecho de vivir una experiencia de 1 mes o mes y medio en un país extranjero, trabajando en un centro de buceo e inflándonos a bucear en unas aguas espectaculares, que por la formación que íbamos a recibir. Cerca de donde vivimos, conocemos instructores muy preparados y con gran experiencia que sin duda hacen que viajar miles de kilómetros solo para recibir una formación sea una decisión absurda.

Sin embargo, nos apetecía un montón adquirir experiencia a la vez que disfrutábamos de grandes buceos.

Algo pasó al final de nuestro viaje por Filipinas que nos hizo cambiar radicalmente de opinión y continuar viajando. Puede que fuera que el gusanillo de viajar se nos hubiera metido ya dentro y no lo pudiéramos sacar. Puede que pensáramos que estando ya en el sudeste asiático era tontería no visitar los países que teníamos cerca. Puede también que pensáramos que teníamos toda la vida para hacer cursos de buceo pero que la oportunidad de viajar en este momento era única. O quizá simplemente solo sea que sí, que estamos muy locos, que somos de los que comen after eights a las 7:30 y quitamos los USBs sin expulsar primero. Vivimos al límite y queremos ver mundo.

Así que sin pensarlo dos veces, buscamos vuelos a Kuala Lumpur. ¿Y por qué Kuala Lumpur? Pues sinceramente porque   a Sonia le encanta como suena el nombre. —Kuala Lumpur, Kuala Lumpur…—  cuanto más lo dice más le gusta, y entra en bucles absurdos repitiéndolo: —Kuala Lumpur—. Bueno, también porqué siempre nos ha llamado mucho Malasia, donde como no, se puede bucear.

Buscando, buscando vimos que muchos hacían escala en Singapur, así que, ¿Por qué no visitar Singapur primero y luego Kuala Lumpur? Dicho y hecho, en nuestro siguiente post os explicaremos lo que vimos y vivimos en la fantástica Singapur, una primera parada que nos hizo estar muy felices por haber tomado la decisión de seguir viajando.

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The secret of Malapascua Island http://dosmaletasycuatroaletas.com/the-secret-of-malapascua-island/ Sun, 16 Oct 2016 15:46:48 +0000 http://dosmaletasycuatroaletas.com/?p=1970 Como en una posada pirata, los buceadores rodean la barra del bar en la playa con una cerveza en la mano contando sus batallas pasadas; aquel encuentro asombroso bajo el agua, aquella foto perfecta, aquel avistamiento insólito que casi hizo caer el regulador de la boca de asombro. Mientras, los atardeceres caen puntuales junto a la playa de postal de Malapascua, y en las mesitas con pufs en la arena nos apuramos a pedir las últimas consumiciones del happy hour. Puede que Guybrush Threepwood jamás pasara por aquí, pero tanto el nombre de la isla, como sus pequeñas dimensiones, la harían el escenario perfecto de este videojuego.

En este rincón de Filipinas aguarda lo que solo se puede encontrar a miles de kilómetros del hogar, donde poco más hay que hacer que bucear y disfrutar de no tener nada que hacer. Aquí un “de donde eres” desencadena conversaciones que duran horas, y abre la puerta a descubrir historias que de alguna manera se han ido a cruzar en este recóndito punto del planeta, donde todos los viajeros estamos viviendo nuestra pequeña aventura; desde una pareja de Chile encantadora viajando por Asia, hasta cuatro aventureras chicas canarias, pasando por una chica suiza y algún instructor del centro de buceo.

Llegar hasta aquí desde Panglao no fue tarea fácil: 40 minutos de taxi hasta el puerto de Tagbilaran, 2h de Barco hasta Cebú, y 5h de autobús hasta el embarcadero de Maya, donde una Banka (barca local) te lleva a la isla de Malapascua en un trayecto de 40 minutos. Increíblemente, llegamos en un solo día a nuestro destino pese a la multitud de puntos críticos donde perder un transporte, perderse uno mismo, o como me pasó a mi en una estación de descanso, subirme al autobús equivocado. Afortunadamente Sonia me estaba viendo desde el autobús correcto y salió corriendo a buscarme, porque si no el título de este post posiblemente tendría el nombre de otro pueblo de Filipinas.

Llegábamos con ganas y expectantes. Habíamos estado intercambiando correos con el manager de un centro de buceo donde había muchas posibilidades de que nos quedásemos a hacer nuestro divemaster. Rubi nos asesoró en todo momento y ya teníamos ganas de conocerlo en persona. Después de hablar con él, enseñarnos el centro más organizado que hemos conocido, y conocer a otros dos chicos que estaban realizando el curso, se confirmaron las buenas expectativas que teníamos, y solo nos quedaba bucear y conocer la isla para acabar de decidirnos, así que organizamos las salidas para el día siguiente.

Una pequeña depresión tropical hizo que se cancelaran las inmersiones previstas a Gato Island, y la alternativa fue Deep slope.

Al salir de la inmersión nos encontrábamos contrariados y decepcionados. ¿Donde estaba la riqueza de coral que habíamos visto por todas las otras islas? ¿Por qué había tan poca vida? Si a todo esto le sumábamos una trayectoria rarísima que siguió nuestro guía, haciéndonos nadar a contracorriente una y otra vez para pasar por los mismos sitios, y luchando contra corrientes verticales que nos empujaban hacia la superficie, la conclusión lógica fue no hacer la segunda inmersión programada en la misma zona.

Parecía en aquel momento que nuestro ansiado lugar perfecto, donde se combinara un pequeño paraíso fuera y dentro del agua no iba a ser Malapascua. Sin embargo, no íbamos a abandonar sin darle la oportunidad que se merecía. Las inmersiones más famosas de la zona eran las de los tiburones zorro (thresher sharks) y las de Gato Island, e intentaríamos hacerlas a pesar que la depresión tropical tenía intención de quedarse unos días.

Al día siguiente nos pegamos un madrugón a las cuatro y media de la mañana para poder ver a los tiburones zorro. Este animal vive profundidades de hasta 200m, y al amanecer sube a estaciones de limpieza que se encuentran de 20 a 30 metros, donde pequeños peces les ayudan con dicha tarea higiénica. Divisamos hasta cinco tiburones zorro preciosos que iban apareciendo desde la oscuridad del océano y que se acercaban a nuestra posición a menos de tres metros. Sonia salió del agua diciendo que estaba enamorada, que era el animal más elegante y hermoso que había visto, y yo no pude más que asentir y sonreír.

Para Gato Island tendríamos que esperar al día siguiente, donde afortunadamente el tiempo nos dio una tregua. Pese a haber leído sobre las inmersiones que haríamos, nada nos había preparado para las emociones que íbamos a vivir ese día. Generalmente uno se imagina los grandes días de buceo con visibilidades infinitas y maravillosos fondos marinos repletos de corales, pero nada de esto se encontraba bajo las aguas de Gato. Son las formaciones rocosas con pináculos y cuevas lo que dan forma al escenario submarino.

En la primera inmersión, aparte de algún caballito de mar y algún crustáceo, un gran tiburón de punta blanca nos aguardaba al otro lado de un túnel dentro de una roca. Mientras observábamos desde el otro lado, el tiburón se acercaba y alejaba como midiendo las distancias.

La segunda inmersión fue una de las inmersiones más emocionantes de nuestras vidas. Comenzaba con una cueva a unos 10 metros de profundidad, de unos 7 metros de diámetro, que se extendía formando una S durante 30 metros.  La visibilidad era de unos 10 metros, aunque el agua estaba turbia, y la oscuridad de la cueva al adentrarnos era total. Solo las luces de nuestras linternas iban iluminando nuestro paso mientras íbamos encontrando pequeños crustáceos y peces. De pronto la salida de la cueva se mostraba al final con una luz azul oscura espectral, y al final de ella un gran tiburón de punta blanca nos esperaba, nadando de un lado a otro, viniendo hacia la oscuridad donde nos encontrábamos y perdiéndose luego en el tenebroso azul. Estuvimos observándolo durante minutos. Cada vez que se acercaba nuestro corazón se aceleraba pues no sabíamos cuanto se iba a acercar. Finalmente empezamos a avanzar, y se perdió definitivamente en el borroso infinito.

Poco después un pequeño túnel en otra gran roca nos esperaba. La corriente era fuerte y entré con tanta fuerza que casi pierdo el control, e intentando esquivar a tres buzos que se agarraban a la roca, casi me como al tiburón que había dentro. Por suerte pude agarrarme también con una mano mientras en la otra sujetaba la goPro con la que intentaba grabar al escualo.

A la salida seguimos moviéndonos con la corriente, y nos encontramos con una morena totalmente fuera de su agujero, mirándonos desde la arena, que desapareció a gran velocidad al acercarnos. Luego una sepia nos apuntaba con dos de sus tentáculos mientras huía de nosotros cambiando de color.

A medida que avanzábamos, la visibilidad se iba reduciendo, hasta tal punto que prácticamente no veíamos más allá de dos o tres metros. El guía nos indicó con el dedo unos hilos de una sustancia que salía de los corales. Al hacerme su movimiento pélvico sexy, comprendí que se refería a que se trataba de esperma coralino, como después nos confirmaron. Lo que en un principio fueron pequeños hilos, poco a poco se fueron transformando en verdaderos surtidores que celebraban una verdadera orgía subacuática incomparable, donde prácticamente era imposible ver nada.

Según nos comentaron más tarde, estas orgías sucedían solo en luna llena, pero esta había sido especialmente intensa.

Después de semejante inmersión, quedó claro que a pesar del mal estado del coral en comparación al resto de Filipinas, o de no encontrarnos una explosión de vida en cada inmersión, Malapascua estaba bastante cerca del paraíso que estábamos buscando. En pocos sitios puedes disfrutar de inmersiones tan emocionantes, rodeado de playas paradisíacas, y comer en un garito por 2€ de un Filipino que se parece al chino de Resacón en las Vegas.

La decisión de donde hacer nuestro divemaster era pues más difícil todavía: los increíbles barcos hundidos de Corón, la combinación de belleza paisajística y preciosos fondos de el Nido, las visibilidades infinitas y paredes repletas de vida de Moalboal, las tranquilas residencias de Dauin con sus inmersiones en Apo Island, la combinación perfecta entre belleza, ocio y exuberantes fondos marinos de Panglao, o Malapascua, la isla perdida con sorprendentes inmersiones.

Si habéis llegado hasta aquí, deberíais daros un descanso. Podréis averiguar cual fue nuestra decisión en nuestro siguiente post.

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Alona Beach en Panglao, Bohol http://dosmaletasycuatroaletas.com/alona-beach-en-panglao-bohol/ http://dosmaletasycuatroaletas.com/alona-beach-en-panglao-bohol/#comments Tue, 11 Oct 2016 14:23:05 +0000 http://dosmaletasycuatroaletas.com/?p=1963 Al pensar en Alona Beach siempre recordaremos sus noches frente al mar. Las lucecitas de los restaurantes y bares en la misma arena de la playa, fueron lo primero que vimos al llegar aquella noche, y nos enamoró al instante. Y lo hizo hasta tal punto que estuvimos a punto de interrumpir nuestro viaje para quedarnos allí a hacer nuestro divemaster. Pese a ser un lugar turístico como otros que ya habíamos visto en Filipinas, este conservaba todavía su encanto, y las cosas se habían hecho con cierto buen gusto. Faltaba ver si el fondo marino era tal y como esperábamos.

Hicimos 5 inmersiones en Balicasag y una inmersión nocturna en Alona Beach, y todas hicieron justicia a las buenas referencias que nos dieron.

La visibilidad era tan buena, había tantísima vida y todo era tan extremadamente fácil que cualquiera con unas gafas y unas aletas podía disfrutar de un auténtico espectáculo solo con bajar al fondo y mirar a su alrededor. Sin corrientes ni oleaje era como tirarse en una piscina donde el fondo rebosaba colorido y movimiento por todas partes. Con lo que me gustan las tortugas, jamás pensé que llegaría a pasar de ellas. Eran tantas las que veíamos en cada inmersión, que al final solo hacíamos caso a las que eran especialmente grandes, que sin duda eran las más grandes que habíamos visto jamás. En un mismo momento podía llegar a mostrarse ante nuestros ojos dos tortugas inmensas, un banco de barracudas nadando en círculos, y poco después un banco inmenso de jackfish. Y mientras todo esto sucedía, el guía te iba mostrando crustáceos, stonefish, frogfish, y nudibranquios a cascoporro. Llegó un momento que había que estar ciego para no ver las decenas de nudibranquios grandes como pelotas de tenis que se repartían aquí y allá.

Las primeras palabras que repetía al salir del agua una chica Italiana, con la que hicimos las últimas inmersiones,  fueron “I’m in love”, y es que no era para menos. Balicasag enamora a primera vista, a segunda vista, y a las vistas que hagan falta.

Nuestra inmersión nocturna tampoco se quedó atrás: sepias, púlpitos, crustáceos raros y un precioso pez mandarín hizo las delicias de una inmersión un pelín complicada al hacerse en una pared a 15m. Algo un poco inusual para una nocturna, al menos para nuestro punto de vista.

A unos minutos en coche de Alona Beach, la isla de Bohol guarda un montón de atractivos turísticos para aquellos a los que nos gustan los entornos verdes y exuberantes, los paisajes únicos, y la fauna singular.

En un día de excursión en van, pudimos recrearnos y hacer mil fotos de las chocolate hills,  los monos tarsiers, serpientes enormes y la frondosa vegetación.

La lluvia apareció a medio camino para fastidiarnos nuestro esperado salto en tirolina entre la selva. Que lo anularan fue una decepción grande para Sonia, pero un pequeño alivio para mi porque soy un “cagao” con las alturas, aunque me habría encantado tener la experiencia. A pesar de todo lo que vimos en el tour de un día, no pudimos evitar sentirnos bastante turistas guiados como en una excursión del Imserso. Nos habría encantado alquilar una moto y perdernos por la isla a nuestro aire, pero desafortunadamente no disponíamos de más tiempo.

Así pues, si debíamos pasar un mes y medio en algún sitio, este parecía el más indicado: grandes centros de buceo, muchos restaurantes y bares, clases de Yoga para Sonia, un buceo precioso, y la preciosa isla de Bohol parecían todas garantías para no aburrirse. La experiencia de la clase de Yoga en un día de lluvia en medio de la selva os la tendrá que explicar Sonia en otro post si se anima a escribir ;-), pero os adelanto que volvió de un místico que ni el dalai lama.

El sonidito de una tortuga para coger aire al salir a superficie y las noches mágicas paseando al borde de la playa completan el mosaico de recuerdos que para nosotros fue Panglao y Alona Beach. La curiosidad por el buceo de Malapascua, del cual habíamos leído era el mejor de Filipinas, y el “rollito” de la isla, nos hicieron decidir finalmente no quedarnos hasta completar nuestra ruta planificada. Siempre podríamos volver si realmente era el lugar donde queríamos instalarnos.

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Dauin y Apo Island en Dumaguete http://dosmaletasycuatroaletas.com/dauin-y-apo-island-en-dumaguete/ http://dosmaletasycuatroaletas.com/dauin-y-apo-island-en-dumaguete/#comments Thu, 06 Oct 2016 03:45:06 +0000 http://dosmaletasycuatroaletas.com/?p=1958 Al ser Dauin un destino improvisado, solo reservamos dos noches de alojamiento, aunque fácilmente podríamos haberlas convertido en muchas más. Bongo Bongo divers cubrirían nuestras necesidades tanto de alojamiento como subacuáticas.

Dauin es una zona muy tranquila alejada de la bulliciosa ciudad de Dumaguete. Con una distribución parecida a lo que en Europa llamamos barrios residenciales, ello no impide que hayan cabras atadas fuera de las parcelas o que las gallinas campen a sus anchas en los caminos sin asfaltar.

Las casa sin embargo, se muestran más bonitas y mejor acabadas que en otras zonas, y en general se respira más tranquilidad gracias seguramente a las pocas motos que circulan.

Todavía nos reímos al recordar el correo de reserva que Sonia envió a Bongo Bongo Divers con el saludo: — Hi Bongo! —. Evidentemente, no había nadie que se llamara Bongo, y debieron reírse un rato a nuestra costa.

No somos de recomendar alojamientos, pero este caso bien merece una excepción. En ningún otro sitio nos han acogido con tanta cercanía y atención como aquí. En nuestra llegada ya de noche nos enseñaron las zonas comunes: una cocina al aire libre muy bien organizada donde todos los huéspedes podían preparar y guardar su comida, varias mesas donde comer o jugar a juegos, una sala interior donde había un futbolín y varios sillones donde sentarse a disfrutar de una cerveza, y los lavabos y duchas, todo comunicado con caminitos rodeados de plantas y árboles. A nuestra acojedora cabaña en lo alto se accedía por una escalera de madera.

Todo en Bongo Bongo respiraba un aire hippie tropical, que te hacía sentir más que como un cliente, como un habitante más de una pequeña comunidad. Incluso podías coger libremente cervezas o refrescos de la nevera y apuntarlos tu mismo en tu hoja de gastos.

Hicimos 3 inmersiones, todas en Apo Island. Accedimos al barco que nos llevaría a la isla desde una bonita playa de arena negra. El barco alquilado a la empresa Sea Explorers era sin duda el mejor barco de buceo que hemos visto en nuestra vida. Grande, espacioso, con salas cubiertas para relajarte tomando un te o comerte unos plátanos, y un lavabo en condiciones.

Compartimos viaje con un grupo de Filipinos que venían de Davao, que estuvieron fumando en vaporizadores, bailando y riendo durante todo el día.

Las inmersiones en Apo Island fueron sencillas y para relajarse en un fondo de arena blanca con formaciones rocosas volcánicas y corales. Pudimos ver un gran mero, el más grande que hemos visto nunca, y dos pargos también muy muy grandes (red snappers), cobijados bajo una cuevecita. Habíamos leído que Apo es un santuario de tortugas y lo cierto es que apareció alguna, pero no más que en el resto de zonas de Filipinas en las que hemos buceado hasta el momento.

Respecto a las inmersiones en Dauin, nosotros no hicimos ninguna, pero es el mejor sitio de Filipinas para hacer “muck diving” y observar especies raras y diferentes.

Al día siguiente, cogimos por primera vez un jeepney para ir al puerto de Dumaguete, donde tomamos el único ferry diario que sale hacia Panglao a las 3 de la tarde.

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El tiburón ballena en Oslob http://dosmaletasycuatroaletas.com/el-tiburon-ballena-en-oslob/ Wed, 05 Oct 2016 02:57:45 +0000 http://dosmaletasycuatroaletas.com/?p=1953 Renunciar a nadar con el tiburón ballena en Oslob no fue fácil. Ese era nuestro plan inicial, pero después de informarnos online y preguntar a algunos turistas que habían ido, cambiamos nuestra ruta hacia Dauin en Dumaguete.

En un principio no parecía muy perjudicial el hecho de que los alimentaran, a pesar de que esto haga que modifiquen sus rutas migratorias naturales; solo un pequeño inconveniente si consideramos que gracias a esta actividad turística, en lugar de pescarlos y exterminarlos, los protegen. Si con ello se consigue desarrollar la economía de la zona de una forma sostenible, ¿quienes somos nosotros para criticarlos? Los del país de los toros, el lince y los lobos al borde de la extinción, los mares diezmados y las costas sobreexplotadas incluso podríamos tomar ejemplo…. ¿o no es tan bonito como lo pintan?

Lejos de intentar convencer a nadie con un discurso moralista, os dejamos un enlace que expone perfectamente las razones para no visitar Oslob: http://dive-bohol.com/conservation/5-reasons-not-go-oslob/

Para mi, saber que se trataba de una interacción muy parecida a la de un zoológico fue razón más que suficiente, ya que considero que son una atracción propia de siglos pasados que deberían desaparecer.

No vamos a juzgar a quienes deciden ir a Oslob; nosotros estuvimos a punto de hacerlo. La experiencia de poder nadar junto a ese enorme pelágico puede ser demasiado tentadora. Sin embargo, sí que consideramos importante conocer toda la información, no sólo la que proporcionan las partes interesadas, y a partir de aquí que cada cual ponga el límite moral donde se sienta cómodo.

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Moalboal, paraíso bajo el agua http://dosmaletasycuatroaletas.com/moalboal-paraiso-bajo-el-agua/ http://dosmaletasycuatroaletas.com/moalboal-paraiso-bajo-el-agua/#comments Tue, 04 Oct 2016 10:13:25 +0000 http://dosmaletasycuatroaletas.com/?p=1940 Moalboal es un paraíso para el buceo. Con tu propio equipo y un compresor de aire solo te queda tirarte al mar para disfrutar de jardines espectaculares, y a menos de 200m de la costa, una pared que cae a profundidades que parecen infinitas. Jamás te acabarías esas paredes llenas de huecos, corales, gorgonias y todo tipo de vida. En la misma costa un inmenso banco de sardinas te aguarda para su espectáculo permanente de danza sincronizada, donde puedes participar rodeándote por masas de peces que oscurecen la luz del día al pasar sobre ti. A pocos minutos en barca la isla de Pescador ofrece inmersiones como Cathedral, una chimenea de roca que desciende desde los 17m hasta los 40m.  Y por si todo esto fuera poco, una avioneta hundida a 20m y con fuertes corrientes completa las infinitas posibilidades de buceo en la zona.

Siempre intentamos encontrar centros de buceo pequeñitos, donde el trato es más cercano y personal, y hasta aquí lo habíamos conseguido. En Moalboal todos parecían justo del tipo que no nos gusta: inmersiones abarrotadas de gente, poco trato personal, etc. En el centro que escogimos, Blue Abyss, además de encontrarnos con todo eso, nos sentimos bastante desinformados y desatendidos en todo momento. Preguntas sobre dónde estaba nuestro equipo de alquiler, cuáles serían las inmersiones del día siguiente, o la hora correcta a la que estar en el centro, nunca tenían respuestas claras y parecía no existir un responsable de nada. El instructor que guiaba las inmersiones tenía sin duda rasgos autistas y sus briefings eran tan lamentables y escuetos que no podíamos evitar reírnos. Antes de saltar al agua nos decía que le marcáramos nuestros consumos de aire, pero durante la inmersión pasaba tanto de todo que incluso parecía que evitaba intencionadamente a todos los buzos. Recuerdo estar a dos palmos de su cara para marcarle la reserva de la botella y el tío ni mirarme. Al principio opté por darle pellizcos cuando estaba cerca, pero al final ya decidimos pasar de él y disfrutar de las inmersiones, y sin duda lo hicimos ¡y mucho!

La zona donde estábamos, Panagsama beach, no se parecía en nada a lo que habíamos visto hasta el momento. Las calles llenas de baches sin asfaltar configuraban un pequeño y caótico laberinto creado exclusivamente para resorts de buceo y alojamientos. A pesar de estar a escasos metros de la costa, desde lo que parecía el camino principal no se veía el mar, pues las casas ocupan todo el litoral sin dejar ningún paso hasta que caminando se llega a la zona de restaurantes. Desde allí, puestos de masaje al borde del pequeño muelle marcaban el inicio de un camino que ya permitía mejores vistas del océano y de la isla pescador, así como acceder a lo que antes de un reciente tifón había sido una playa.

En nuestro primer día decidimos no bucear para acabar de curar el resfriado de Sonia, y alquilar una moto a un conductor de trikes del pueblo nos pareció una buena opción. Visitamos una playa de arena blanca cercana llamada whitebeach (cómo se curran aquí los nombres…) y más tarde fuimos al mercado del pueblo para abastecer un poco la nevera de nuestro alojamiento. Queríamos hacer un poco de pan con algo para cenar aquella noche, y como no nos apeteció ponerle pescado seco ni matar una cabra para hacer un bocadillo, decidimos buscar algún supermercado. Para nuestra sorpresa, siguiendo la carretera principal había un centro comercial con su mcdonalds y todo. Al entrar en el supermercado y ver los pasillos ordenados  y limpios, con todo un surtido de productos envasados, Sonia no pudo evitar exclamar que quería quedarse a vivir allí, en el supermercado. Luego ya se le pasó al pegarnos tres cuartos de hora en la cola mientras observábamos la parsimoniosa tarea de hasta 4 empleados por caja, donde una pasaba los productos por el lector, otros dos empaquetaban y embolsaban, y el último miraba que no se escapara ningún paquete de fideos corriendo, o yo que se. Por lo que pude apreciar en esos desesperantes minutos, si un cliente compra 25 bolsitas iguales de un producto, no pueden pasar una y multiplicarlo por 25, sino que han de pasar una a una todas ellas, y con mucha tranquilidad para no descontarse.

Los días siguientes los pasamos buceando y disfrutando de la tranquilidad, de la buena comida en los restaurantes de la zona y de un masaje después de bucear. Aunque esto último, más que disfrutar, fue una pequeña venganza por las atrocidades de los colonos españoles al pueblo filipino, pero ensañándose con nuestras espaldas. Menos mal que Sonia lo pidió «soft».

Nuestro último día nos despedimos con dos buceos no sin antes devolver la moto. Tuve que llevar al conductor de trike que me la alquiló a repostar gasolina para dejarla al mismo nivel al que me la habían dejado. Mientras yo conducía y el se sentaba atrás, no desaprovechó la ocasión para gritar a todos los del pueblo con los que se cruzaba: –He is my driver!! He is my driver!!– que le respondían con risas y saludos.

Nuestro próximo destino nos esperaba: Dumaguete. Pero eso lo explicaremos en nuestro próximo post.

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De camino a Moalboal, pasando por Puerto Princesa y Cebú http://dosmaletasycuatroaletas.com/de-camino-a-moalboal-pasando-por-puerto-princesa-y-cebu/ http://dosmaletasycuatroaletas.com/de-camino-a-moalboal-pasando-por-puerto-princesa-y-cebu/#comments Fri, 30 Sep 2016 10:56:46 +0000 http://dosmaletasycuatroaletas.com/?p=1927 Queríamos llegar a nuestro próximo destino, Moalboal, lo antes posible. Pero para ello debíamos movernos en autobús hasta Puerto Princesa, en trike hasta el aeropuerto, en avión hasta Cebú, en autobús hasta Moalboal, y finalmente un trike hasta Panagsama beach, que es la principal zona de buceo… Como todo esto en un día era imposible, decidimos hacer noche en Cebú.

Llegamos sobre las 12 a Puerto princesa y el avión salía a las 17:45, lo que nos daba unas 3 o 4 horas para intentar ver algo. Nada más bajar del autobús, una horda de conductores de trike nos esperaban, y al que más cerca estaba le dijimos si nos hacía de guía turístico antes de coger el avión, a lo que aceptó encantado.

Unos compañeros de tour filipinos en El Nido nos habían hablado de una granja de cocodrilos, donde aparte de verlos, podías degustarlos en un típico plato llamado Cocodrile Sisig, que resultó estar bastante rico.

Así que de los cuatro sitios que visitamos esa fue nuestra única petición expresa, siendo los otros un parque un tanto extraño con figuras infantiles y restaurantes, un jardín de mariposas, y un lugar donde podías tirarte en tirolina que decidimos no probar.

Antes de embarcar en el vuelo, le pedimos ir a algún sitio donde comer algo. Las hamburgueserias Jollybee son una cadena local que puestos a comer comida basura, merecían una oportunidad. Efectivamente y como era de esperar, las hamburguesas de 1 euro del McDonalds son una delicia culinaria comparadas a la bazofia que comimos ahí, pero oye, el sitio estaba lleno como si regalasen chocolate con churros en un afterhour poligonero.

Cuando llegamos a Cebú ya era de noche. Entre la lluvia que nos pilló en Puerto princesa y el aire acondicionado a toda castaña del avión, Sonia no se encontraba muy fina. Mientras un taxi nos llevaba al hotel en el que esperábamos pasar una sola noche, nos sorprendíamos con lo que parecía una gran ciudad de aspecto casi europeo. Semáforos y carriles que se respetaban, hospitales, centros comerciales y restaurantes con pinta normal, de restaurante, no de choza-chiringo-badulaque.

Nuestro hotel parecía tener una buena relación calidad precio, y resultó ser una gran decisión estirarnos un poquito, ya que al final, en lugar de estar una sola noche, el resfriado con fiebre incluida que pilló Sonia nos obligó a pasar dos.

Durante esas horas que me parecieron semanas, mi misión fue patearme la ciudad en busca de farmacias 24h para comprar un termómetro, y hacer de servicio de comida a domicilio para la pobre Sonia. Esto me permitió conocer un poquito la ciudad y sus peculiaridades: agentes de seguridad armados en las farmacias, supermercados y hoteles, jeepneys a todas horas y panaderías por todos lados con cosas intentaban imitar sin mucho éxito a panes y pastas, e incluso “ensaymadas” que harían cortarse las venas al primer mallorquín que se acercase por allí. Eso sin olvidar la efusiva servicialidad de algunos establecimientos, como en nuestro hotel, donde cada vez que entraba, cinco recepcionistas me saludaban al unísono con un “Good Morning Sir!!!”, cual niños de San Ildefonso, que más de una vez me pegaron un susto de cuidado. En las tiendas por fin veía los famosos mangos filipinos, y después de comprar alguno, descubrí que encontrar un cuchillo puede ser tarea imposible en un país donde en la mesa solo se utiliza el tenedor y la cuchara. Al final, y tirando de ingenio, me agencié de un cúter en una papelería que me sirvió para la ocasión.

Cuando Sonia estuvo recuperada, cogimos un autobús para hacer un trayecto de 2 horas y media hacia Moalboal a un precio increíblemente barato, mientras vendedores ambulantes subían y bajaban del autobús, tratando de vendernos «chicharrones» o banana chips.

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Tong Tong podría ser el nombre de una bebida refrescante con guaraná, pero es el nombre de la primera cara que vimos al bajar de la furgo que nos llevó a Port Barton. Bajito, moreno y de nariz chata sería descripción suficiente en cualquier otro sitio, pero aquí es como hablar de un tipo gordo en un campeonato de Sumo.

Como tantos otros, Tong Tong se busca la vida ofreciendo cualquier cosa a los viajeros que aterrizan por el pueblo, como una especie de agente de viajes a pie de calle, pero el caso es que al llegar nosotros, él era el único que estaba por ahí. Al presentarse, sin embargo, nos dijo que se llamaba Tommy, supongo que porque todavía no nos tenía «confi»,  o porque prefirió usar su nombre artístico, ya que como descubrimos más adelante estaba hecho todo un «artista», un crack, o como decimos ahora, un puto jefe.

Un bonito colegio con una grandísima y verde zona de recreo rodeada por barracones hacía de estación de vans improvisada, justo en frente de la pista de baloncesto.

Port Barton huele a pueblo de los de antes y a selva; a gallinas y a cocoteros, a barro en los caminos y a brisa de mar. Cuesta encajarlo dentro de ninguna calificación y a la vez toma un poco de cada una: pueblo turístico pero tremendamente rural, subdesarrollado (solo hay electricidad de las 18 a las 24h) pero con alojamientos bien preparados y bonitos, pequeño pero siempre activo; niños que van y vienen del colegio, alguna moto, colmados abiertos, y hombres como Tong Tong que de tanto en tanto te ofrecen island hopping o un viaje a El Nido o Puerto Princesa.

Después de que Tong Tong nos llevara a un par de alojamientos nos debatíamos entre la habitación chula con lavabo chulo pero sin acceso directo a playa, y la habitación cutrilla con lavabo cutrillo pero con lo que técnicamente podríamos denominar como «a tres zancadas de un barrigazo en el mar».  Nos decidimos esta vez por la primera opción por una simple cuestión higiénico-práctica. Podríamos decir que en esta ocasión habló nuestra diarrea y sus ganas de sentarse en un bonito y blanco váter, en lugar de nuestras ganas de desparrame playero.

Esa tarde decidimos descansar y recuperarnos en nuestra habitación tumbados en la cama, mientras escuchábamos los sonidos del pueblo: la orquesta infantil del cole practicando al aire libre y más tarde, melódicas campanas de una iglesia cercana se mezclaban con el sonido de un órgano y los rezos de los feligreses, que en ese extraño idioma no podría distinguir si eran  plegarias católicas o invocaciones satánicas.

A la mañana siguiente y sin propósito predefinido, salimos al pueblo para poco más tarde descubrir una de las habilidades de Tong Tong: el don de la ubicuidad. Durante nuestra estancia dio igual si estábamos comiendo en un antro escondido, callejeando o en la playa, siempre que quería ofrecernos algo o comunicarnos algún cambio, nos encontraba sin dificultad. Y no porque nos fuera siguiendo…Nuestra teoría es que tenía una red de informadores por el pueblo a los que solo tenía que preguntar «donde están mis turistas?».

Decidimos ir a white beach, una playa a una hora de camino del pueblo, y Tong Tong nos propuso llevarnos en barca, lo que nos pareció una buenísima idea para ahorrarnos la caminata. Lo acompañamos a la playa, más allá de los hostales y cabañas, donde tenía su pequeña barquita. Después de poner gasolina con una botella plástica, salimos a la mar, no sin antes percatarnos de que no tenía ni un triste remo, así que se sentó en un extremo y fue chapoteando con los pies hasta dirigir la barca en la dirección correcta.

Pasamos 3 horas fantásticas en una playa preciosa para nosotros solos. Whitebeach ya no es la playa virgen que hasta hace poco fue, ya que un pequeño resort, que está cerrado en estas fechas, ocupa parte de los cocoteros en una zona de la playa. Eso nos permitió disfrutar de las hamacas de mimbre y del toldo de paja mientras comíamos mirando al mar.

Tong Tong  apareció por el horizonte a la hora acordada, recogimos todo y nos subimos a la barquita. Cuando estábamos a unos quinientos metros de la costa nuestro simpático barquero exclamó entre risas–little gasoline!– y yo le seguí el rollo al chiste con unas risas, pensando que era fruto del peculiar sentido del humor filipino. No pasó ni un minuto que el motor se paró. Tong Tong se reía mientras repetía– No gasoline!– y Sonia y yo nos empezamos a reir pensando — ¡será cabrito el tío!–. Siguiendo con el festival del humor, el barquero cachondo soltó entre risas: — No paddle! No paddle! — recordándonos que no tenía un puñetero remo. Así pues, el tipo va y coge una caña del grosor de mi dedo gordo y se pone a remar a la orilla, y nosotros viendo que aquello no avanzaba ni como para llegar al desayuno del día siguiente, cogemos nuestras chanclas y empezamos a remar mientras nos descojonábamos  con lo absurdo de la situación.  Aunque parezca increíble, llegamos a la costa a base de chancletazos y esperamos allí mientras él iba a buscar gasolina, para finalmente devolvernos sanos y salvos a la playa de Port Barton.

Al día siguiente fuimos a bucear con Aquaholics, un pequeño centro de buceo regentado por británicos. Martin, el instructor de Manchester, nos estuvo amenizando el desplazamiento a los puntos de buceo con un montón de historias personales de su vida en Port Barton. El barco, Martin, un divemaster y la tripulación estaban exclusivamente para nosotros y un chico de California muy agradable.

Hicimos 3 inmersiones: Un pecio, un arrecife y una en búsqueda de manatíes que desgraciadamente no aparecieron. Por lo visto, pescadores de la zona los habían visto recientemente, pero ninguno de los allí presentes había coincidido nunca con ninguno, por lo que las probabilidades eran realmente bajas. El buceo, aunque bueno, no es tan bueno como en el Nido o Corón, sin embargo estamos muy contentos de haber conocido un lugar tan auténtico y rural, que muy probablemente dejará de serlo en poco tiempo, posiblemente en cuanto acaben la carretera.

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